El coro de las voces solitarias. Rafael Arráiz Lucca
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Название: El coro de las voces solitarias

Автор: Rafael Arráiz Lucca

Издательство: Bookwire

Жанр: Языкознание

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isbn: 9788412145090

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СКАЧАТЬ 1864, el periplo extranjero del poeta está sostenido por la comodidad: fue canciller, y luego diplomático con destinos envidiables: París, Roma, Nueva York, alternados con años de servicio público en Caracas, donde llegó a ser director general de Instrucción Pública.

      Los sonetos de Gutiérrez Coll, que solo a principios del siglo XX se recogieron en libro, están cincelados por la sobriedad buscada por el parnasianismo. Sin embargo, a veces se le impone una emocionalidad más romántica que marmórea; es como si el proyecto de domeñar el espíritu romántico fuese traicionado. De allí que Max Henríquez Ureña, en su indispensable libro Breve historia del modernismo, lo descartara como poeta parnasiano conspicuo. Dice: «Pero el parnasianismo es una actitud antes que una cuestión de forma o de elección de temas, y esa actitud tiende a lo impersonal. Gutiérrez Coll, Fombona Palacio y Gabriel Muñoz son poetas emotivos: en ellos prevale el sentimiento personal» (Henríquez Ureña, 1954: 296).

      Pedro Emilio Coll, en una sentida semblanza que hace en el momento de la muerte del poeta, afirma:

      Sus versos no revelan sino una parcela de su espíritu. Como Stéphane Mallarmé —a quien se parecía en más de un respecto— poseyó el arte de hacer de sus conversaciones obras perfectas de filosofía y de estética. En el viejo jardín platónico hubiera podido llevar digna y serenamente la clámide. El verso fue para él un reposo, una tregua en la batalla de sus pensamientos, el último consuelo de su tristeza intelectual. (Coll, 1982: 27)

      Al igual que Coll, otros autores insisten en señalar la melancolía como el rasgo central de su lírica y de su personalidad. En verdad, muchos de ellos confundieron los rasgos personales del poeta con los de su poesía, caso muy común, por cierto. Más que melancolía, lo que se halla en sus versos es algo parecido a la serenidad, a la mansedumbre.

      La poesía de Miguel Sánchez Pesquera (1851-1920) es de difícil ubicación. Si bien De Sola y Picón Salas la tienen, junto con la de Pérez Bonalde, como precursora de la modernidad, pareciera una contradicción comentarla en el capítulo de los parnasianos, pero veamos por qué no lo es. Los rasgos de modernidad que hallaron estos estudiosos en su obra son indudables, aunque no con la entidad con la que se hallan en una obra ya compleja, profunda y por ello moderna, como la de Pérez Bonalde. Las señas de identidad de la poesía de este cumanés son entre románticas y parnasianas, es decir: irrumpen desde el romanticismo con las armas de su tiempo ya cosmopolita, ya helénico, ya severo frente a la gratuidad del romanticismo, ya parnasiano en la medida en que esta actitud fue crítica del romanticismo formulario. La modernidad que se atisba en Sánchez Pesquera puede encontrar razón en su biografía, en muchos sentidos similar a la de Pérez Bonalde.

      A los diez años, a raíz de la muerte de su padre y de colaterales calamidades domésticas, emigra con su madre a Puerto Rico, donde se forma con los jesuitas, y luego culmina sus estudios de jurisconsulto en Madrid, para regresar a ejercer en Puerto Rico y en Cuba, donde llegó a ser una autoridad jurídica. Su tránsito laboral estuvo acompañado por el aprendizaje de diversas lenguas, entre ellas el inglés y el alemán, con las que abordó la poesía en sus lenguas originales, y sucumbió ante la tentación de la traducción. Esta labor la desempeñó con solvencia y vertió al español obras de Shelley y de Schiller, y se enfrascó en traducciones del portugués, del francés y del italiano. Culminó sus días de abogado en Madrid, donde finalmente lo halló la parca.

      Ha debido regresar a su Venezuela natal en algunas oportunidades, pero no dispongo de evidencias. En cualquier caso, es un hecho que mantuvo relaciones epistolares y bibliográficas con sus paisanos —como lo demuestra el prólogo que Julio Calcaño calzara en su libro de Sonetos (1920)— y que sus poemas fueron leídos por sus contemporáneos. Padeció, al igual que Pérez Bonalde, de la incomprensión de los críticos; para ello basta leer la semblanza que Tejera le extendió y toparse con un ejemplo clarísimo de juicio moral agazapado detrás de la autoridad literaria. Al igual que Pérez Bonalde, la mayor parte de su vida transcurrió en otra parte, lejos del conventillo poético que le habría tocado experimentar si los vientos no lo hubieran llevado a otras costas. Quizás por esta razón vivió de cerca el clima, la «actitud» de su tiempo, en territorios menos periféricos, y trabajó sus versos con naturalidad. Su bibliografía contempla dos poemarios: Primeras poesías (1880) y el ya citado Sonetos (1900), ambos publicados en España, así como la Antología de líricos ingleses y angloamericanos (1918), que trabajó durante años. Dudé en varias oportunidades su consideración como un poeta venezolano, ya que presenta circunstancias similares a las de Antonio Ros de Olano o José Heriberto García de Quevedo, pero opté por considerarlo como tal, a pesar de que no regresó a vivir a Venezuela después de los diez años de edad, porque su obra poética buscó los lectores nacionales, primordialmente. Su producción, aunque escasa, circuló entre nosotros con el sello de los paisanos y la venezolanidad del autor jamás fue desmentida sino, todo lo contrario, exaltada en el recuerdo melancólico de su Cumaná natal. También terminó de convencerme el hecho de que la crítica de su tiempo lo tuvo presente, lo leyó, y valoró sus obras en el marco del sistema de la poesía nacional.

      No es por casualidad que tanto Gutiérrez Coll como Sánchez Pesquera hayan pasado la mayor parte de sus vidas fuera de Venezuela, hayan acudido a las fuentes del parnasianismo con mayor facilidad y, además, sean los cultores más elaborados de esta actitud poética entre nosotros. Algo parecido ocurrió con Pérez Bonalde, como ya hemos visto. ¿Apunta este comentario a demostrar que en suelo patrio fue imposible alcanzar las cotas más altas de elaboración lírica? Es evidente que el universo poético venezolano de finales del siglo XIX no fue el más propicio para el desarrollo de los talentos ni el más permeable a las corrientes de las metrópolis. Fue, por el contrario, bastante reaccionario a todo aquello que se saliera de los cánones de la corrección lírica castellana, establecida por unas autoridades literarias tan atrabiliarias como cortas de horizontes. De modo que sí, es cierto que si estos poetas no hubiesen emigrado se les habría hecho muy cuesta arriba desarrollar unas aventuras líricas al margen de lo que la ortodoxia de su tiempo caraqueño establecía. Precisamente, por ello es que sus obras son escritas y publicadas en el exterior, al margen de las pautas del conventillo, sin que por ello quedaran a salvo de la sanción de los críticos de su tiempo, que no veían más que desvíos de la moral católica en la expresión de la desolación y el pesimismo, que cualquier poeta moderno no hace sino pulsar en las venas del mundo. Así es como, de nuestros parnasianos, los dos más representativos son estos primeros viajeros, desterrados no por razones políticas sino por encrucijadas familiares o simplemente por favores del destino.

      Gabriel Muñoz (1863-1908) no nació en Cumaná; llegó al mundo en Caracas y sus biógrafos coinciden en afirmar que recibió una educación esmerada por parte de sus padres. Su vida literaria tuvo lugar en los periódicos de su tiempo; no llegó a recoger sus poemas en libro mientras vivió. Es póstumamente cuando se recogen sus Helénicas (1929) y se salvan del océano hemerográfico. Aunque sus versos están poblados de rasgos parnasianos, también los efluvios del viejo romanticismo se cuelan entre sus palabras. Muñoz hizo suyo este clima griego de su tiempo, pero el eco de Abigaíl Lozano aún reverberaba en la Caracas de sus años mozos. No es su poesía la más acabada de la promoción parnasiana. Estuvo, al decir de Luis Correa, dominada por cierto fragmentarismo, pero es innegable que intentó criollizar el parnasianismo de origen francés. Muñoz murió de cuarenta y cinco años y, en verdad, no llegó a completar una obra de significación, lamentablemente.

      Con la obra de Miguel Pimentel Coronel (1863-1905) ocurre lo mismo que con la de Muñoz: quedó inconclusa. Muere a los cuarenta y dos años en París y la deja recogida en dos libros: Los primeros versos (1887) y Vislumbres (1905). Había nacido en Bejuma, estado Carabobo, y sus días laborales se consumieron en el fuego del periodismo, la diplomacia y las dotes oratorias que lo distinguieron, así como en los avatares de la vida política. Su poema «Los paladines» fue sumamente popular en su tiempo y, sin duda, las facultades histriónicas del poeta contribuyeron a hacer de su lectura pública un acontecimiento. El parnasianismo de Pimentel Coronel a veces se confunde con rasgos románticos de manera difícil СКАЧАТЬ