Vientos de libertad. Alejandro Basañez
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Название: Vientos de libertad

Автор: Alejandro Basañez

Издательство: Bookwire

Жанр: Социология

Серия:

isbn: 9786074572285

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СКАЧАТЬ su rival de amores. Marina López, madre de Amalia, juraba que la niña era de don Jacinto, pero en su interior sabía que el padre era el hombre que todas las noches le arrancaba horas de sueño. Marina vivía perdidamente enamorada de Ignacio. Si tan sólo éste le jurara unirse a ella en matrimonio, sin dudarlo dejaría a don Jacinto, aunque la sociedad de San Miguel la aplastara como a una mosca por tamaño escándalo.

      Los dos jinetes vieron aparecer frente a ellos a otros cuatro, que se acercaban lentamente levantando una nube de polvo que los nublaba un poco, haciendo difícil distinguir sus rostros.

      —¿Los conoces? —preguntó Aldama con gesto de preocupación.

      —No los distingo bien por tanto polvo. De todas maneras prepárate para lo peor.

      —¡No sabes cómo me gusta ser tu amigo, Nacho!

      Allende sonrió y se cercioró de que su mosquete estuviera cargado. Con la mano derecha palpó el puño de su filosa espada. Juan hizo lo mismo. Los jinetes estaban ya muy cerca.

      —¡Buenas tardes! —dijo uno de los jinetes, levantándose el sombrero en amistoso saludo.

      —¡Buenas! —contestó Ignacio.

      —Somos fuereños y vamos para San Miguel. ¿Algún lugar que nos recomienden para quedarnos?

      El rostro de aquel hombre se veía apacible. No parecía ser un asaltante o una amenaza para los muchachos. De todas maneras Juan no perdía detalle de los otros tres vaqueros. No podía darse el lujo de distraerse.

      —El mesón de los Sautto es un lugar limpio y con buena comida —contestó Juan atrayendo la atención de los forajidos—. Está a dos calles de la iglesia.

      —Muchas gracias, muchachos.

      Los cuatreros continuaron su viaje sin voltear. Lo que perecía una emboscada había sido un encuentro casual, como ocurre seguido en las veredas que conducen a las ciudades importantes del Bajío.

      Esa noche en San Miguel, Ignacio los volvió a ver en uno de los merenderos. Los cuatro vaqueros lo saludaron con un ademán amistoso que Ignacio correspondió amablemente. En su mesa había un platón repleto de gorditas y tlacoyos con una enorme jarra de agua de frutas. Esa noche Ignacio tenía un encuentro amoroso con una mujer llamada Antonia Herrera, hermosa mujer de rostro angelical que le había hecho olvidarse por un tiempo de la problemática Marina López, a quien evitaba cuando don Jacinto andaba en el pueblo.

      Después de su encuentro con Antonia, Ignacio se dirigía hacia su casa, cuando de entre las sombras surgió alguien que sin darle tiempo a nada lo golpeó con un palo en la cabeza. Ignacio cayó al suelo levemente atarantado ya que ágilmente eludió el impacto, cayendo éste principalmente en el hombro, sólo rozándole la cabeza.

      —Malditos montoneros. Uno por uno y verán cómo les va. —Hasta aquí llegaste, galancito hijo de puta.

      Ignacio los reconoció plenamente: eran los cuatreros de la mañana.

      Los cuatro se abalanzaron sobre él, esgrimiendo los gruesos palos en las manos. Ignacio logró esquivar al primer forajido y de un fuerte puñetazo lo dejó inconsciente en el piso, pero el siguiente palazo lo dejó igual que al que había vencido.

      —Acabémoslo a golpes. ¡No dejen nada de él!

      El jefe de los cuatreros levanto su tronco para destrozar la cabeza de Ignacio cuando una detonación le voló la tapa de los sesos.

      —¡Déjenlo, hijos de la chingada! —les gritó un muchacho, apuntándoles con su mosquete. El ángel salvador venía elegantemente vestido de negro con una camisa escarlata. Un jovenzuelo de piel blanca, rasgos finos, con cola de caballo y bigote con puntas hacia arriba, al estilo francés.

      —¿Quién los mandó a hacer esto? Si no me dicen los mató a todos.

      El muchacho apuntó bien a uno de ellos dispuesto a reventarle la cabeza de un tiro.

      —¡No... no dispare! No somos de aquí. Nos contrató un tal Jacinto Iturbe para que le diéramos un escarmiento al joven Allende.

      —¡Largo de aquí! ¡Antes de que me arrepienta!

      Los tres forajidos huyeron de ahí sin pensarlo dos veces. Una detonación se escuchó a sus espaldas, haciéndolos brincar de terror. Los tres siguieron su paso agradecidos de no haber recibido ese tiro de advertencia.

      Minutos más tarde Ignacio volvió en sí. La cabeza le daba vueltas. Los dos se encontraban sentados en una banca de piedra. Su salvador, al notar que Ignacio estaba bien y su golpe no había sido de consecuencias graves, le explicó en detalle todo lo que había ocurrido.

      —Muchas gracias por tu ayuda. Te debo la vida.

      —No me debes nada, joven Ignacio Allende, y considérame desde hoy, también tu amigo. Mi nombre es Crisanto Giresse.

      —Mucho gusto, Crisanto. ¡El cielo te envió!

      Aquel soleado sábado del 14 de mayo de 1791, se llevó a cabo un interesante hecho en la catedral metropolitana de la ciudad de México, suceso que dejaría mucho qué pensar a todos los ahí congregados. Como culminación de la construcción de las torres de la catedral, en la cúpula de la torre oriente de la catedral se ocultaría una pequeña cápsula del tiempo(4) de 16 por 8 centímetros, con su preciado tesoro en su interior: un relicario, cinco monedas de plata, cinco cruces de palma, once medallas de metal dorado, veintitrés medallas de oro conmemorativas y de los santos protectores de la Nueva España(5), un agnus dei(6) de cera, un grabado de San Miguel Arcángel y de Santa Bárbara, protectora de los rayos y centellas que podían dañar la torres del edificio, y un pergamino donde se hablaba de la situación actual en la Nueva España.

      La inscripción de la caja de plomo estaba realzada con carbonato de calcio y en ella se leían claramente los nombres: José Damián Ortiz de Castro y Tiburcio Cano, arquitecto y maestro cantero de la catedral.

      Después de colocar el tesoro en el interior de la caja y sellarla, Tiburcio Cano trepó ágilmente el andamio y colocó la caja dentro de un nicho que fue sellado y resanado para permanecer oculto en la cúpula por décadas y ser abierto por los mexicanos del futuro.

      —Sólo Dios sabe en qué año se descubrirá esa cápsula y lo que pensarán los habitantes de la Nueva España en ese lejano futuro cuando la vean —comentó el arzobispo de México, Excelentísimo e Ilustrísimo Señor Dr. Don Alonso Núñez de Haro y Peralta(7), encargado de la ceremonia, dándole su bendición al evento.

      —¡Será un país diferente, padre! Un territorio independiente de España llamado con otro nombre —comentó un invitado ahí reunido, un militar criollo llamado Rodolfo Montoya.

      El arzobispo volteó consternado al que había dicho semejante blasfemia. Junto a él se encontraba un muchacho de escasos veinte años.

      —¿Con quién vienes, hijo?

      —Pertenezco al regimiento de infantería fijo de Puebla del capitán Félix María Calleja, quien llegó de España en octubre de hace dos años, junto con el virrey Juan Vicente de Güemes, segundo conde de Revillagigedo(8).

      El СКАЧАТЬ