Mientras el cielo esté vacío. Marta Cecilia Vélez Saldarriaga
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Название: Mientras el cielo esté vacío

Автор: Marta Cecilia Vélez Saldarriaga

Издательство: Bookwire

Жанр: Языкознание

Серия:

isbn: 9789587206760

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СКАЧАТЬ ellos la sangre palpitaba tan estruendosa que amordazaba sus palabras y sometía lo que hubieran querido hacer? ¿La valentía era acaso una inclinación hacia la muerte, cuando la vida había perdido sus pulsaciones de manera que no importara morir? Ella estaba tan cansada y derrotada que podía ser valiente. ¿Qué valía la vida para ella? Vacía de sentido como las palabras, su única dirección era buscar unos restos, unos cadáveres, unos indicios siempre equívocos.

      En el fondo tengo la certeza de que mis hijos están muertos, fueron asesinados. Pero saber no basta, tengo que confirmarlo con el polvo, con los restos atormentados, con los cuerpos torturados, con las últimas palabras vacías e inútiles que pronunciaron antes de recibir las balas o las puñaladas. ¿Y esto es mi vida? ¿Esta mi valentía? Mi atrevimiento es mi cobardía. Quizá, simplemente, no quiero seguir más el curso de fosas y cadáveres, ni nadar en sueños en ese río de cuerpos mutilados, de gritos de agonía en días que son largas noches, porque el sol retrocedió en su curso. Acaso la valentía de unos pocos es el acatamiento de la orden de muerte que imponen esas hordas de bestias furiosas, que arrecian el terror y arrinconan la vida entre el espanto y la obediencia.

      El autobús entró a Sahagún por unas calles desiertas. Rompía el silencio el rumor de la música de los bares vacíos. El reloj de la iglesia daba campanadas cuando se detuvieron en la terminal y los pasajeros, con mucha prisa, buscaron la salida. Noemi y Elena ayudaron a descender a Nilton que sudaba copiosamente por el esfuerzo y el dolor. Ya en la calle, dijo:

      —Me falta el aire, casi no puedo caminar. –Unas lágrimas le rodaron por el rostro. Noemi paró un taxi y le pidió al conductor que los llevara al hospital.

      —Súbete adelante –le dijo.

      Casi sin poder moverse y retorcido por el dolor le dijo a Noemi mientras intentaba subir al taxi:

      —Seño, no tengo nada de dinero.

      Haciendo caso omiso, lo ayudó a acomodarse, Elena miraba a Nilton. Ahora lo veía más alto y su cuerpo ya no le pareció tan débil. Desde la silla de atrás del automóvil, podía verle el cuello y el pelo de rizos apretados motilados casi al rape. Al llegar y ayudarlo a bajar, sintió sus músculos fuertes y duros y el brazo que apoyó sobre ella llevaba todo el peso del cuerpo y la hizo tambalearse.

      El hospital era una casa vieja con algunas reformas improvisadas. Habían derribado unos muros para abrirle espacio a la sala de espera, donde se hacinaban los enfermos. En las papeleras había gasas, algodones sucios, botellas vacías. El piso estaba manchado de sangre seca y polvo. Las paredes descascaradas permitían observar las capas de pintura superpuestas y las manchas de grasa dejaban adivinar los cientos de personas que se habían apoyado en ellas. Sobre las bancas destartaladas, los enfermos, con rostros demacrados y miradas ausentes, acentuaban más la atmósfera de precariedad.

      Noemi dejó a Nilton recostado en una pared, se acercó a la recepcionista, y le pidió que lo atendieran de urgencia.

      —No hay médicos disponibles seño. Vuelvan mañana. Le respondió la mujer.

      —Este muchacho tiene una costilla quebrada y está respirando con mucha dificultad.

      —Ya te dije, no hay médicos y no hay lugar. No hay camas. Hace unas horas llegaron unos militares heridos en una emboscada de la guerrilla y todo el personal está ocupado. Llévatelo y que regrese mañana.

      —No puede moverse.

      —Entonces que espere hasta que algún médico se desocupe y lo pueda atender.

      Noemi le explicó al joven lo que ocurría y le pidió el teléfono de su madre para avisarle. Cuando llamó le contestó una vecina, que al enterarse de la situación le aseguró que al otro día temprano le daba el recado a doña Ana para que pudiera llegar en la mañana.

      Al regresar, Noemi encontró a Nilton que se quejaba tendido en el suelo y Elena sentada junto a él. Volvió entonces donde la recepcionista y le preguntó:

      —¿Algún médico puede recetarle algo para el dolor mientras lo atienden?

      —No puedo abandonar la recepción, pregunta en la farmacia, allí te pueden recomendar algo.

      Visiblemente contrariada, Noemi se acercó a una farmacia donde la gente, apremiada, pagaba las medicinas por el doble de su valor. Compró lo que recomendó el farmaceuta y se lo llevó al muchacho, quien luego de tomarse la pastilla, se durmió. Elena continuaba a su lado, vigilante, mirando con disimulo a los enfermos que poco a poco, vencidos por el dolor o el cansancio de la espera, se quedaban dormidos. Salió con Noemi hacia una cafetería aledaña al hospital. La noche era fresca y sintieron el aire limpio que penetró en sus pulmones.

      —Nos espera una noche muy larga –dijo Noemi–, la mamá de Nilton, la señora Ana, no puede venir hoy, sino mañana temprano, así que debemos quedarnos con él y acompañarlo.

      —Claro –contestó secamente Elena. Pero atrapada aún por lo que había ocurrido, le preguntó–: ¿Por qué le pegaron?

      —Porque la guerra es así: saca de nosotros esa bestia que golpea, abusa y asesina. No debían haberlo herido ni tampoco tratarnos como lo hicieron.

      —Tengo miedo de que te pase algo. Mi mamá… –No pudo terminar, puso la cabeza en los brazos de Noemi y comenzó un llanto contenido que la estremecía. No quería ser una carga más para Noemi, no quería volver a llorar nunca; temía que la abandonara si no se mostraba fuerte, y sabía que, aunque su dolor estallara por dentro, debía aguantar y continuar con valentía.

      —No nos va a pasar nada –dijo Noemi–. Vamos a estar juntas. No voy a dejar que te hagan daño. –Entonces, como si llegara de un lugar lejano y silencioso donde no había ninguna emoción, pensó en su penuria.

      No tenía nada, vendió el rancho cuando la situación se había vuelto demasiado peligrosa para quedarse y decidió empezar a buscar a sus hijos; era una desplazada de pensión en pensión, buscando datos en las instituciones del gobierno y adentrándose en los peores lugares del bajo mundo donde sintió el odio reconcentrado y la vida desperdiciada en todas sus formas. Como una eterna nómada, la desaparición de ellos también había sido su desaparición. ¿Quién era ahora? No tenía un lugar en el que habitar y compartir la vida como lo hacían esas personas que comenzaban a encender las luces de las casas, a preparar el desayuno en un roce de cuerpos y miradas que muestran las raíces de la vida y le dan vigor y sentido. A veces, por precaución para no quedarse sin dinero trabajaba en oficios donde no se construían relaciones. Lo que sabía hacer era inútil en la ciudad. Allí no se siembra, no se cosecha, no se crían gallinas ni cerdos ni hay vacas para ordeñar. En las ciudades estos saberes no sirven para nada, y a las mujeres como ella, les arrancan la dignidad y generalmente las convierten en prostitutas.

      Una luz rosa se abría en el horizonte. El ambiente silencioso del amanecer comenzaba a llenarse de ruido y de personas que poblaban las calles. Noemi añoraba su casa, su vida perdida: sus animales a los que tantas veces hablaba, las gallinas que picoteaban el vidrio de la ventana para que les diera maíz.

      —Cómo echo de menos a Capitán y al Negro, los perros que desaparecieron con mis hijos. Ellos me alertaron al no regresar esa mañana, pues siempre los acompañaban hasta la entrada del pueblo y luego, correteándose y jugando, regresaban a la casa. Ese día no volvieron. Ni mis hijos ni ellos –se dijo en voz alta.

      Rígida frente a aquel amanecer magnífico, se preguntó cuándo acabaría esa errancia, cuánto tiempo podría continuar arrancada de todo, y entonces la muerte volvía a elevarse como meta: el día que encuentre a mis СКАЧАТЬ