Como desees. Cary Elwes
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СКАЧАТЬ vez cuatro palabras y nosotros dijimos: «Bueno…, este es el tío». No recuerdo exactamente cuánto duró la reunión, pero fue simplemente ¡bum! ¡Es él! Rob hace esto a veces, y es genial. No ocurre a menudo, para ser sincero. Pero de vez en cuando alguien hace una prueba, o viene y se ha pasado toda la noche preparándose para esta gran audición, y está ahí a mitad de la segunda línea de una escena de cuatro páginas y Rob dice: «Ya es suficiente. No necesito oír más. Lo tienes. Es tuyo».

      ~

      A la mañana siguiente, Harriet volvió a llamar.

      —¿Estás sentado?

      —Sí.

      —¡Lo has conseguido! —dijo—. Te han ofrecido el papel.

      Me quedé sin palabras. Esto era un gran voto de confianza por parte de Rob. A duras penas era famoso. Podrían haber contratado a muchos actores británicos reconocibles y más rentables, que probablemente habrían sido «adecuados» para el papel, con facilidad. Pero me habían escogido a mí. En retrospectiva, casi me pareció demasiado fácil. Desde luego, las audiciones no siempre salen tan bien. Y, en ocasiones, una reunión es solo eso. A veces consigues el papel y otras no. Nunca lo sabes. Supongo que Rob sabía lo que quería, y yo fui lo bastante afortunado como para estar en su campo de visión.

      Mientras Harriet repasaba los detalles de mi contrato, yo estaba deslumbrado. Recuerdo decirle que aceptara la oferta de inmediato, antes de que cambiaran de opinión.

      ~

       BILLY CRYSTAL

      Recuerdo que Rob regresó de Alemania y dijo: «Espera a ver a este tío. Es Douglas Fairbanks júnior, pero también es superdivertido y hace imitaciones». Cary es un tío muy enérgico. Está muy alerta. Y me encanta eso de él. Siempre está tan en armonía con lo que está pasando en el momento. Cuando lo conocí, tuve la misma sensación que Rob: está al mismo nivel que Fairbanks júnior, un joven Errol Flynn; era ese protagonista elegante y sensible que podría hacerte daño si fuera necesario.

      ~

      2. Preproducción y mi encuentro con Buttercup

      Londres, 2 de agosto de 1986

      Unas pocas semanas después de finalizar Maschenka, estaba otra vez en casa, en Londres, que era también la base para la producción de La princesa prometida. Muchos de los miembros del equipo y algunos del reparto ya estaban reunidos. De hecho, la primera lectura previa del guion con el reparto se hizo al cabo de unos días. Poco después de mi llegada, recibí una llamada del despacho de producción. Me dieron instrucciones de que fuera a hacer pruebas de vestuario con la diseñadora, Phyllis Dalton, que había hecho un trabajo fantástico con uno de mis directores favoritos, David Lean, tanto en Lawrence de Arabia como en Doctor Zhivago, por la que ganó un Oscar. Una cosa que sabía con seguridad era que mis atuendos iban a ser de primera categoría. Tenía que encontrarme con ella en Angels, una de las casas de vestuario más antiguas de Londres y ganadora de muchos premios Oscar en esa categoría. Cuando entré en el recibidor, lo primero que vi fue un surtido de trajes ornamentados elegantemente colocados en maniquíes. Tras inspeccionarlos más de cerca, me fijé en que algunos de ellos parecían ser auténticos, del siglo xviii.

      En pocos minutos me encontré en la oficina del piso de arriba, donde Phyllis, una modesta y encantadora dama, se presentó educadamente. Nos sentamos y bebimos té mientras charlábamos un poco sobre el papel. Luego, se inclinó hacia delante, agarró una carpeta que había en una mesita de café cercana y procedió a mostrarme algunos de los bocetos que ya había hecho para Westley y el resto de los personajes de la película. Todo estaba ordenado con mucho cuidado y cada boceto incluía muestras de las telas que quería usar. Desde el primer momento, vi que había dado en el clavo en lo que respectaba al tono y el estilo del libro de Goldman. Los colores, las texturas, y el aspecto de los materiales iban más allá de lo que había imaginado. Para Humperdinck y Rugen había finos jubones de terciopelo con intrincados bordados. Para el español, Montoya, una mezcla de arpillera marrón y cuero. El vestido principal de Buttercup sería rojo, holgado y largo, hasta el suelo, y contrastaba bien con el cuero, la gamuza y el algodón negros del hombre de negro.

      Después de estudiarlos cuidadosamente, me volví hacia ella y dije:

      —¡Guau, Phyllis! Son muy bonitos.

      —Oh, gracias. Sabes, es gracioso… Lo cierto es que no me gusta hacer bocetos —respondió de forma inesperada.

      —¿De verdad? Pero si se te da genial —dejé escapar, tratando de llevar la conversación hacia una de mis películas favoritas de todos los tiempos—. ¿Qué hay de Lawrence? Seguro que hiciste algunos para esa.

      —¡Oh, aquello! —dijo—. Bueno, para esa tuve que hacer más bocetos de los que había hecho jamás.

      —¿Por qué? —pregunté.

      —Porque muchas de las prendas tenían que confeccionarse en Damasco y era difícil conseguir que los sastres de allí hicieran exactamente lo que queríamos.

      Me dijo entonces que ya había hecho algunas pruebas de los trajes para Westley y que le gustaría que me las probara para que la costurera hiciera los ajustes necesarios. Su asistente me condujo al vestidor, donde colgaba de un perchero el traje que se convertiría en icónico: un par de pantalones negros de ante, botas de cuero negro, un cinturón fino negro, un par de camisas negras con volantes y cordones, guantes negros y una máscara negra. Era todo muy elegante y sorprendentemente cómodo. Me probé la camisa ancha y de mangas enormes. Ya había llevado una muy similar para Lady Jane, así que me resultaba familiar. Luego, los pantalones ajustados de ante. Y, finalmente, las botas.

      Una vez estuve completamente vestido, me miré en el espejo. Incluso sin la máscara, supe lo que debían de haber sentido Douglas Fairbanks o Errol Flynn al probarse sus trajes el primer día en cualquiera de sus clásicas películas de piratas. Un golpecito en la puerta me sacó de mi ensimismamiento.

      —¿Se puede? —La voz de Phyllis atravesó la madera.

      —Sí.

      Abrió la puerta, me miró, y dijo:

      —Aaah… No está nada mal. —Se detuvo a reflexionar—. Pero… hay algo que falta.

      Entonces, llamó a su asistente y le pidió que fuera a buscar un poco de satén negro. Cuando esta regresó con la tela, Phyllis me ató un trozo alrededor de la cabeza y otro alrededor de la cintura como un cinto.

      —Exacto —dijo—, ¡eso está mejor!

      Luego me hizo probar unas máscaras provisionales que había diseñado, que, de hecho, no eran muy diferentes a las que llevó Fairbanks en La marca del Zorro. Pero ninguna de ellas quedaba del todo bien. Phyllis me explicó que, como la llevaría durante la mayor parte de la película, no solo tenía que encajar perfectamente, sino que, sobre todo, debía ser cómoda y que la única forma de conseguirlo era sacando un molde de yeso de mi cabeza. Este es un procedimiento bastante estándar en la producción de películas que incluyen acción, efectos especiales o superhéroes que llevan máscaras, aunque yo no lo había experimentado antes.

      Apareció, entonces, una costurera, que colocó unos cuantos alfileres en los pantalones para que fueran todavía más ajustados. Le pregunté a Phyllis si podría ponérmelos sin dificultad una vez estuvieran СКАЧАТЬ