Hermanas de sangre. Тесс Герритсен
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Название: Hermanas de sangre

Автор: Тесс Герритсен

Издательство: Bookwire

Жанр: Языкознание

Серия: Rizzoli & Isles

isbn: 9788742811634

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СКАЧАТЬ no había visto al clérigo, que se mantenía apartado en la periferia. Entonces salió de entre las sombras; el alzacuello era un destello blanco sobre la garganta. Su rostro, por lo general atractivo, parecía demacrado; la expresión, anonadada. «¿Por qué está aquí Daniel?» No era habitual que llamaran a un sacerdote al escenario del crimen, a no ser que algún familiar de la víctima necesitara consuelo. Y su vecino, el señor Telushkin, no era católico sino judío. No había razón alguna para que llamaran a un clérigo.

      —Por favor, padre, ¿podría acompañarla dentro de la casa? —le pidió Rizzoli.

      —¿Alguien va a decirme qué ocurre? —inquirió Maura.

      —Ve adentro, Doc. Por favor. Ya te lo explicaremos después. Maura sintió el brazo de Brophy en torno a la cintura, su firme presión comunicándole que aquél no era el momento para resistirse. Dejó que él la guiara hacia la puerta de entrada y advirtió la secreta emoción del estrecho contacto entre los dos, el calor de su cuerpo pegado al de ella. Era tan consciente de que él permanecía a su lado, que las manos se le enredaron al meter la llave en la cerradura. A pesar de que ambos eran amigos desde hacía meses, nunca había invitado a Daniel Brophy a entrar en su casa; y la reacción ante su presencia en aquellos momentos fue un recordatorio de por qué había mantenido con tanto cuidado la distancia entre los dos. Entraron y se dirigieron a la sala, donde las luces estaban ya encendidas gracias a un temporizador automático. Maura se detuvo un momento junto al sofá, indecisa acerca de qué debía hacer.

      Fue el padre Brophy quien tomó la iniciativa.

      —Siéntate —le dijo, indicando el sofá—. Te traeré algo para beber.

      —En mi casa eres el invitado; debería ser yo quien te ofreciera algo de beber — dijo ella.

      —En estas circunstancias, no.

      —Ni siquiera sé cuáles son «estas circunstancias».

      —La detective Rizzoli te lo explicará.

      El padre Brophy salió de la sala y regresó con un vaso de agua: no era la bebida que ella hubiese elegido para aquel momento, pero no consideró apropiado pedirle a un sacerdote que le trajera una botella de vodka. Tomó un sorbo de agua y sintió cierto desasosiego bajo la mirada de él. Brophy se sentó en el sillón frente a ella, mirándola como si temiera que fuera a desvanecerse.

      Entonces oyó que Rizzoli y Frost entraban en la casa y murmuraban algo con una tercera persona en el vestíbulo, una voz que Maura no reconoció. «Secretos — pensó—. ¿Por qué secretea todo el mundo? ¿Qué quieren ocultarme?»

      Alzó la mirada cuando los dos detectives entraron en la sala de estar. Con ellos iba un hombre que se presentó como el detective Eckert, de Brookline, nombre que con toda probabilidad olvidaría al cabo de pocos minutos. Dedicó toda su atención a Rizzoli, con quien había trabajado con anterioridad, una mujer que le caía muy bien y a la que además respetaba.

      Los detectives se sentaron en distintas sillas, Rizzoli y Frost frente a Maura, al otro lado de la mesita de centro. Maura se sintió superada en número: cuatro contra uno, la mirada de todos fija en ella. Frost sacó el bloc de notas y el bolígrafo. ¿Por qué se disponía a tomar notas? ¿Por qué tenía la sensación de que aquello era el inicio de un interrogatorio?

      —¿Qué tal estás, Doc?—preguntó Rizzoli.

      Estaba tan atónita que hablaba con un hilo de voz.

      Maura rió ante la trivialidad de la pregunta.

      —Estaría mucho mejor si supiera qué sucede.

      —¿Puedo preguntarte dónde has estado esta noche?

      —Venía del aeropuerto.

      —¿Qué hacías en el aeropuerto?

      —Acabo de llegar de París. Salí del Charles de Gaulle. Ha sido un vuelo largo, y no me siento con ánimos para contestar una veintena de preguntas.

      —¿Cuánto tiempo has estado en París?

      —Una semana. Me marché el miércoles pasado. —Maura creía haber detectado cierto matiz incriminatorio en la brusquedad de las preguntas de Rizzoli, y su irritación se estaba transformando en cólera—. Si no me crees, puedes preguntárselo a Louise, mi secretaria. Es quien me hizo la reserva de los vuelos. Viajé allí para asistir a una reunión...

      —A la Conferencia Internacional de Patología Forense. ¿Es así?

      Maura se quedó desconcertada.

      —¿Ya lo sabías?

      —Nos lo ha dicho Louise.

      «Han estado preguntando cosas sobre mí. Han hablado con mi secretaria incluso antes de que yo llegase a casa.»

      —Nos dijo que tu avión debía aterrizar en Logan a las cinco de la tarde — añadió Rizzoli—. Ahora son casi las diez. ¿Dónde has estado?

      —Salimos con retraso del Charles de Gaulle. Algo relacionado con medidas de seguridad extraordinarias. Las líneas aéreas se están volviendo tan paranoicas que fue una suerte despegar con sólo tres horas de retraso.

      —¿Así que salisteis con tres horas de retraso?

      —Es lo que acabo de decir.

      —¿A qué hora aterrizasteis?

      —No lo sé. En torno a las ocho y media.

      —¿Y has necesitado una hora y media para llegar a casa desde Logan?

      —Mi maleta no apareció. He tenido que rellenar los impresos de reclamación de Air France. —Maura se interrumpió; de repente había llegado al límite—. ¡Maldita sea! Oye, ¿a qué viene todo esto? Antes de contestar a más preguntas tengo derecho a saber qué ocurre. ¿Me estáis acusando de algo?

      —No, Doc. No te acusamos de nada. Sólo tratamos de ajustar horarios.

      —¿Horarios de qué?

      —¿Ha recibido amenazas, doctora Isles? —preguntó Frost.

      —¿Cómo? —Maura le miró perpleja.

      —¿Conoce a alguien que quisiera hacerle daño?

      —No.

      —¿Está segura?

      Maura soltó una risa de contrariedad.

      —Bueno, ¿hay alguien que pueda estar seguro de algo?

      —Debes de haber tenido algunos casos en los tribunales en los que tu testimonio ha fastidiado a alguien —apuntó Rizzoli.

      —Sólo si les fastidia la verdad.

      —En los tribunales se ganan enemigos. Tal vez hayas ayudado a condenar a alguien.

      —Estoy segura de que tú también, Jane. Por el simple hecho de hacer tu trabajo.

      —¿Has recibido alguna amenaza específica? ¿Cartas СКАЧАТЬ