Название: El coro de las voces solitarias
Автор: Rafael Arráiz Lucca
Издательство: Bookwire
Жанр: Языкознание
isbn: 9788412145090
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El tercero, en orden cronológico, de este cuarteto de sucesores de Bello es Rafael María Baralt (1810-1860). En verdad, el juicio mayoritario de la crítica no ha sido favorable con la obra del marabino, nacido a orillas del lago en 1810. Se ha ido creando una matriz de opinión adversa a la obra de Baralt de manera, a mi juicio, totalmente injustificada. Uno de los primeros en aplicar sobre sus frutos el alicate de su severidad fue Mariano Picón Salas, aunque ya antes Gonzalo Picón Febres había descargado su sentencia condenatoria. Don Mariano, en su obra antes citada, afirma: «Los buenos estudios retóricos que Baralt hizo en Bogotá, su invencible respeto por las autoridades de la lengua castellana, su formalismo clásico, pesarán y limitarán su obra literaria» (Picón Salas, 1984: 83). Incluso antes de este señalamiento, Picón desliza algo más delicado aún; veamos: «Don Ramón Díaz, paciente compilador, había reunido muchos papeles de historia nacional y se los pasa a Baralt para que los ordene y escriba con ellos un Resumen» (Picón Salas, 1984: 83). ¿Qué sugiere Picón Salas? ¿Acaso sospecha que Baralt no llevó a cabo la investigación y que es un simple redactor del Resumen de la Historia de Venezuela? Luego, la enfila contra el zuliano y afirma: «Bello es un filólogo y Baralt es un preceptista» (Picón Salas, 1984: 84). Más adelante, para terminar de sellar la lápida, se apoya en unos juicios de Menéndez y Pelayo que buscan echar por tierra la obra lexicográfica de Baralt. Al momento de sopesar su poesía, también es adverso don Mariano. Algo le molestaba en la obra del zuliano: sospecho que le incomodaba su perfil españolizante. Repetía así lo que fue haciéndose matriz de opinión en relación con Baralt; me refiero a su ortodoxia castellana, a su respeto por la Real Academia de la Lengua, a su inocultable afán por alcanzar la gloria española. Detengámonos en su biografía, a ver si hallamos la raíz de la animadversión contra el marabino.
Lo que pudo hacer en apenas cuarenta y nueve años es ya, de por sí, motivo de admiración. Cuatro etapas advierto en su vida. Una primera (1810-1821), más determinante de lo señalado hasta ahora, que va desde alrededor del año de nacido hasta los once. Su infancia ocurre en Santo Domingo, a donde ha ido con sus padres, ya que su madre es dominicana: no así su padre, zuliano hijo de catalán y miembro de una familia con recursos económicos considerables. De modo que los recuerdos de su primera infancia no están ligados al lago ni a Maracaibo. El segundo período (1821-1835) está signado por su vida cuartelaria, por los dos años en Bogotá y por la política. Todo este período es resumido por el propio Baralt, según se desprende de la anécdota recogida por Arístides Rojas, mediante tradición oral, también referida por Grases en su microbiografía de Baralt: «Mi escuela estuvo en los campamentos y los cuarteles desde 1821 a 1830. Mientras que mis compañeros perdían el tiempo en bagatelas, yo leía y releía los principales clásicos españoles que llegaban a mis manos, los cuales casi conozco de memoria, pues de coro puedo repetir párrafos de muchos de ellos» (Grases, 1959: 7). El tercer período va de 1836 a 1841. Es la época en que su afición por los estudios históricos toma musculatura profesional y el Gobierno del general Páez le encarga, junto a la Geografía de Venezuela, ya solicitada a Agustín Codazzi, la escritura del Resumen de la Historia de Venezuela. Este libro se publica en París, ciudad a la que viaja junto a Codazzi a tramitar la publicación de las obras. La cuarta y última etapa (1841-1860) es la del escritor, el filólogo, el lexicógrafo y el poeta, íntegramente vivida en Europa. Los primeros meses en Londres, en la delegación diplomática venezolana, donde le ha sido encargado el estudio de todo el asunto de la Guayana inglesa y Venezuela, motivo por el cual se traslada a Sevilla, a hurgar en los archivos, y reside allí entre 1841 y 1844. Luego se muda a Madrid: ciudad donde conoce la gloria y la desgracia.
De estas cuatro etapas, a los efectos de su obra poética, la significativa es la última, ya que es la única en que escribió poesía. Su celebrado poema «Adiós a la patria» fue escrito en Sevilla en 1843, desde donde comienza a intuir que su deseado regreso no ocurrirá nunca y escribe:
Yo a los cielos en tanto
mi oración llevaré por ti devota,
como eleva su llanto
el esclavo, y su canto,
por la patria perdida, en triste nota.
Luego, en el camino de sus afanes poéticos en suelo ibérico, compone la «Oda a Cristóbal Colón» (1849), con la que obtiene el premio del certamen de poesía de El Liceo de Madrid. Ese mismo año publica el prospecto de una obra que no llegó a concluir, el Diccionario matriz de la lengua castellana, pero que le trajo el respeto de los académicos, al punto que en 1853 es el primer americano que ocupa un sillón en la Real Academia de la Lengua Española. Dos años después concluye su Diccionario de galicismos, y después cae en desgracia al prestarse a ser embajador de su Santo Domingo de la infancia en el reconocimiento de la independencia de esta república por parte de España. El enorme prestigio que había logrado de pronto se vio ensombrecido por materias ajenas a las que lo ascendieron hasta la cúspide. Esta contrariedad lo sume en la depresión y finalmente lo lleva a la tumba, cuando apenas contaba cuarenta y nueve años.
Pareciera que los triunfos españoles le restaron méritos a la hora de ser enjuiciada su obra por sus coterráneos. Nada más injusto. También pareciera que su dedicación al trabajo de lexicógrafo y filólogo le hubiese traído la desconfianza de sus lectores futuros. Si releemos su poesía, hallaremos una obra bien tramada que, sin ser un prodigio ni nada que fuese más allá de los cánones del neoclasicismo, no merece haber sido tratada como hasta ahora lo ha sido. Hago mías las palabras de Pedro Pablo Barnola, s.j. En uno de sus ensayos, refiriéndose a la corrección de los versos de Baralt:
Es que en parte así concibe el neoclásico su obra poética; dando lugar principalísimo a la expresión literaria correcta, pulida y elegante, sin escatimar gasto de palabras. Parece que su norma es: mira no solamente lo que digo, sino cómo te lo digo, qué palabras, qué giros y figuras de castizo sabor te ofrezco en cada verso; esto es poesía. (Barnola, 2012: 357)
No podemos juzgar la obra de Baralt comparándola con la de un romántico: sus caminos fueron otros.
La relevancia de Cecilio Acosta (1818-1881) es compleja. Me explico: cualquiera que visite los textos críticos sobre su literatura o el mapa de su biografía hallará enormes elogios sobre su persona y escasos comentarios sobre su obra. Todos los textos, sospecho que no hay excepción, se detienen con holgura en la santidad de su vida: paupérrimo desde el punto de vista económico; jamás contrajo matrimonio, estuvo hasta los cincuenta y ocho años bajo el mismo techo de la madre, profesándole una absoluta devoción; fue seminarista y observó los preceptos católicos como el más circunspecto de los devotos. Jamás abandonó la patria, casi que nunca fue más allá de los predios caraqueños y de su San Diego de los Altos natal. En el sitio fue haciéndose de un prestigio blindado y, al final de su vida, los jóvenes СКАЧАТЬ