El Errante I. El despertar de la discordia. David Gallego Martínez
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Название: El Errante I. El despertar de la discordia

Автор: David Gallego Martínez

Издательство: Bookwire

Жанр: Языкознание

Серия:

isbn: 9788418230387

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СКАЧАТЬ suavemente, hacia el bulto de más arriba.

      —¿Queréis ver mi arma secreta?

      ***

      El caballo se detuvo junto a las escaleras de madera que daban acceso al interior del edificio, f lanqueadas por antorchas encendidas, cuyas llamas permitían conocer la ubicación de los escalones. El jinete desmontó después de examinar la estructura, una construcción sencilla de madera que contaba con dos plantas. Había visto lugares más lujosos que ese, y le resultaba curioso que alguien hubiera decidido instalar un negocio como ese en un lugar tan poco transitado.

      A aquellas altas horas de la noche, lo único que quedaba en el salón de la planta baja eran hombres borrachos, algunos sentados junto a las mesas redondas distribuidas por la sala y otros tirados en el suelo, y tiernadamas aburridas y cansadas, puesto que, una vez que los clientes habían pagado, estaban obligadas a acompañarlos hasta que el servicio se considerara finalizado, aunque ese servicio fuera permanecer sentadas y observarlos mientras caían víctimas del sueño causado por el alcohol.

      Sin embargo, muchas preferían aquello a tener que acostarse con cualquiera de ellos. La mayoría de los hombres que frecuentaban el lugar, y la idea de mantener relaciones sexuales con ellos, no resultaban agradables a ninguna de las chicas, pero su sustento dependía de ello, así que no podían exigir mucho más. Por eso, cuando el jinete entró al salón, las mujeres desviaron la atención hacia él, agradeciendo la visita de un hombre con un aspecto mejor que el de cualquier otro que hubiera pasado por allí. Algunas se desabrocharon los cordones de sus corsés, invitando al recién llegado a descubrir más, otras jugueteaban con las piernas, insinuantes, y hasta hubo alguna que otra tiernadama que se acercó a él y le preguntó directamente cuáles eran sus mayores deseos.

      —Ahora mismo, dormir y comer. En ese orden —fue su única respuesta.

      Se detuvo a reconocer el rostro de todos los allí presentes, pero no encontró el que buscaba. Las mujeres desistieron del intento de llamar su atención al comprobar que las ignoraba por completo, y volvieron a sus anteriores posiciones junto a los clientes ordinarios.

      El hombre subió a la planta superior, donde encontró cuatro habitaciones. Tres de ellas vacías y con la puerta abierta, pero una estaba cerrada.

      —Aquí es.

      ***

      Cuando las mujeres se disponían a retirarle las calzas al cliente, alguien abrió la puerta de una patada.

      —Pero ¿qué…? —gritó el hombre, furioso por la interrupción.

      —Hola, Gist.

      El cliente tardó unos segundos en asimilar lo que estaba viendo.

      —¿Garrett?, ¿eres tú?

      —Pareces sorprendido. Supongo que yo también lo estaría si me reencontrara con alguien a quien daba por muerto. Si tantas ganas tenías de librarte de mí, al menos haber contratado a alguien capaz de hacerlo.

      Gist palideció.

      —Garrett, te juro que no sé de qué estás hablando.

      —Señoritas —Garrett adoptó un tono de voz más cordial—, ¿serían tan amables de permitirnos conversar en privado?

      Se apartó de la puerta a la vez que describía una ligera reverencia, y las tiernadamas, cubriéndose con sus ropas, abandonaron la habitación tan rápido como pudieron. Una vez salieron, Garrett cerró la puerta.

      —¿Dónde está mi dinero, Gist?

      —Puedo explicártelo —Gist echaba miradas nerviosas al saco de piel que estaba sobre una mesa de noche, pegada a una de las paredes de la habitación.

      —Estoy deseando escucharlo —dijo Garrett mientras se cruzaba de brazos.

      —Verás, resulta que mis contactos me dijeron que habías desaparecido, así que decidí invertir el dinero en futuros negocios.

      —Y también en un par de tetas, por lo que veo.

      —¿Qué?, ¿esto? —tartamudeó—. No, amigo, esto es una invitación. El cliente de mi último encargo decidió pagarme así.

      —Gist, tu contacto no tenía información sobre la persona que busco, y, además, has intentado librarte de mí para ahorrarte mi parte. Te lo advertí antes de aceptar el trabajo: si intentas jugármela, te arrepentirás.

      —Por favor, Garrett, ¿no podrías hacer una excepción esta vez? ¿Acaso crees que echarás el dinero tanto de menos?

      En un abrir y cerrar de ojos, Garrett desenvainó la espada a su espalda y colocó la punta bajo la entrepierna de Gist, que dio un respingo al sentir el contacto del acero frío en la piel a través del tejido fino de las calzas.

      —¿Qué me dices de esto? ¿Crees que lo echarás tanto de menos? —amenazó Garrett—. Quiero mi dinero, y lo quiero ahora.

      Gist tragó saliva.

      —Está bien. Tú ganas. Lo tengo en ese saco. Déjame cogerlo —se rindió al fin, a lo que Garrett respondió retirando el arma lentamente.

      Se acercó despacio a la mesa donde estaba el saco, y rebuscó en su interior hasta que encontró lo que buscaba, ocultándolo con su cuerpo. Garrett se apoyó en la pared junto a la ventana de la habitación, frente al lugar donde estaba Gist.

      —¿Sabes? Quizá tengas razón y te subestimé. Pero esta vez será diferente —dicho esto, se giró y echó a correr hacia Garrett con una daga en la mano.

      Sin sorprenderse por la estratagema de Gist, Garrett dio un paso hacia delante y le hizo tropezar, sin que la daga que llevaba llegara a ser siquiera una amenaza. Aprovechando el desequilibrio de su rival y el impulso que llevaba, lo sostuvo por debajo de los hombros y lo envió contra la ventana, que se rompió sin resistencia cuando el cuerpo impactó contra ella. Garrett bajó la cabeza y suspiró.

      —¿Por qué siempre tienen que hacerlo tan difícil?

      Registró el saco y encontró dinero dentro, aunque no todo el que le correspondía. Después, se encaminó hacia las escaleras para continuar fuera, observado atentamente por las mujeres que habían escuchado la conmoción de la pelea.

      Gist estaba boca abajo en el suelo de tierra, sobre una alfombra de cristales rotos que se le clavaban en la piel como agujas. Trató de incorporarse, pero soltó un alarido en cuanto sintió algo que le perforaba el gemelo. Giró la cabeza y vio a Garrett de rodillas junto a él, con la daga que había utilizado para intentar matarlo.

      —Oh, perdona. ¿Te duele? —soltó Garrett con tono burlón.

      —¡Demonios, Garrett! Déjame en paz. Esta iba a ser una noche tranquila.

      —Lamento haberte fastidiado los planes, pero me debías esto —le mostró la bolsa con el dinero.

      —Ya tienes el dinero. ¿Qué más quieres?

      —Asegurarme de que esto no se repita.

      Se colocó sobre Gist y lo agarró por el pelo para obligarlo a levantar la cabeza. Le puso la hoja del arma en el cuello, dispuesto a cortarlo.

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