Las aventuras de Huckleberry Finn. Mark Twain
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Название: Las aventuras de Huckleberry Finn

Автор: Mark Twain

Издательство: Bookwire

Жанр: Языкознание

Серия:

isbn: 9786074574913

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СКАЧАТЬ lo correcto.

      Después escribió algo en un papel, que me leyó y que decía:

      –Mira; verás que dice «por la suma convenida». Eso significa que te lo he comprado y te lo he pagado. Ten un dólar. Ahora fírmalo.

      Así que lo firmé y me fui.

      Jim, el negro de la señorita Watson, tenía una bola de pelo del tamaño de un puño que habían sacado del cuarto estómago de un buey, y hacía cosas de magia con ella. Decía que dentro había un espíritu que lo sabía todo. Así que aquella noche fui a verlo y le dije que había vuelto padre, porque había visto sus huellas en la nieve. Lo que quería saber yo era qué iba a hacer y dónde pensaba dormir. Jim sacó su bola de pelo y dijo algo por encima de ella, y después la levantó y la dejó caer al suelo. Cayó de un solo golpe y no rodó más que una pulgada. Jim volvió a probar una vez y otra vez, siempre lo mismo. Se arrodilló y acercó la oreja para escuchar. Pero nada; no quería hablar. Jim dijo que no hablaría si no le dábamos dinero. Le dije que tenía un viejo cuarto de dólar falso y liso que no valía nada porque se le veía un poco el cobre por debajo de la plata y nadie lo aceptaría, aunque no se le viera el cobre, porque estaba tan liso que se resbalaba y todo el mundo lo notaba (pensé no decirle nada del dólar que me había dado el juez). Le dije que era un dinero muy malo, pero que quizá la bola de pelo lo aceptaría, porque a lo mejor no entendía la diferencia. Jim lo olió, lo mordió, lo frotó y dijo que conseguiría que la bola de pelo creyese que era bueno porque iba a partir por la mitad una papa irlandesa cruda y a meter en medio la moneda y dejarla toda la noche, que a la mañana siguiente no se podría ver el cobre y ya no estaría tan resbaladiza, de forma que cualquiera del pueblo la aceptaría, conque más una bola de pelo. Bueno, yo ya sabía que las patatas valían para eso, pero se me había olvidado.

      Jim colocó la moneda debajo de la bola de pelo, se agachó y volvió a escuchar. Esta vez dijo que la bola de pelo estaba bien. Dijo que me diría la buenaventura si yo quería. Le dije que adelante. Entonces la bola de pelo le habló a Jim, y Jim me lo contó. Dijo:

      –Tu padre no sabe todavía lo que va a hacer. A veces piensa que se va a ir y luego va y piensa que se queda. Lo mejor es dejar las cosas y que el viejo haga lo que quiera. Hay dos ángeles que le dan vueltas. Uno de ellos es blanco y resplandeciente y el otro es negro. El blanco le hace ir por el buen camino un rato y después viene el negro y lo fastidia. No se puede saber cuál va a ser el último que lo coja. Pero a ti te irá bien. Vas a tener muchos problemas en la vida y muchas alegrías. A veces te lo vas a pasar mal y a veces te vas a poner malo, pero cada vez te vas a poner bueno. Hay dos hembras que importan en tu vida. Una es clara y la otra oscura. Una es rica y la otra es probe. Tú te vas a casar primero con la pobre y luego con la rica. Tienes que tener mucho cuidado con el agua y no tener aventuras, porque está escrito que te van a ahorcar.

      Aquella noche, cuando encendí la vela y subí a mi habitación, allí estaba padre, ¡en persona!

      Capítulo 5

      Yo había cerrado la puerta. Entonces me di la vuelta y allí estaba. Antes le tenía miedo porque me pegaba todo el tiempo. Pensé que ahora también se lo tendría, pero al cabo de un minuto vi que me había equivocado, o sea, después del primer susto, como quien dice, cuando me quedé sin aliento, porque no me lo esperaba para nada; pero enseguida me di cuenta de que no le tenía tanto miedo.

      Tenía casi cincuenta años y los aparentaba. Llevaba un pelo largo, enredado y grasiento que le colgaba hasta el cuello, y por el medio se le veían los ojos que le brillaban como si estuviera escondido detrás de una parra. Lo tenía todo negro, sin canas; igual que la barba larga y desordenada. No tenía nada de color en la cara, donde se le veía; estaba todo blanco, no como otros hombres, sino de un blanco que daba asco, un blanco que le daba a uno picores, un blanco de sapo de árbol, de vientre de pez. Y de ropa: harapos y nada más. Tenía apoyado un tobillo en la otra rodilla; la bota de aquel pie estaba rota y se le veían dos de los dedos, que movía de vez en cuando. Había dejado el sombrero en el piso: un viejo chambergo con la copa toda hundida, como una tapadera.

      Me quedé mirándolo; él siguió sentado mirándome, con la silla echada un poco atrás. Dejé la vela en el suelo. Vi que la ventana estaba levantada, así que había subido por el cobertizo. No hacía más que mirarme. Al cabo de un rato me dijo:

      –Buena ropa llevas, muy buena. Te debes creer un pez gordo,¿no?

      –A lo mejor sí y a lo mejor no –respondí.

      –No te pongas chulo –dijo–. Desde que me marché te das muchas ínfulas. Ya te voy a bajar yo los humos antes de terminar contigo. Y me han dicho que estás educado: que sabes leer y escribir. Te crees que ahora vales más que tu padre, ¿no?, sólo porque él no sabe. Ya te enseñaré yo. ¿Quién te ha dicho que fueras por ahí, dándote aires? ¿Quién te ha dado permiso?

      –La viuda. Me lo dijo ella.

      –La viuda, ¿eh? Y, ¿quién ha venido a darle a la viuda vela en este entierro?

      –No se la ha dado nadie.

      –Bueno, ya le voy a enseñar yo a meterse en sus cosas. Y mira lo que te digo: deja de ir a la escuela, ¿escuchas? Ya voy a enseñar yo a esos a educar a un chico para que se dé aires delante de su propio padre y haga como que vale más que él. Que no te vuelva a ver cerca de esa escuela, ¿escuchaste? Tu madre no sabía leer, y tampoco sabía escribir y se murió tan tranquila. En la familia nadie aprendió a leer antes de morirse. Yo no sé, y ahí estás tú dándote aires. Y yo no soy hombre para aguantar eso, ¿escuchaste? Oye, a ver cómo lees.

      Saqué un libro y empecé a leer algo que hablaba del general Washington y de las guerras. Cuando llevaba leyendo aproximadamente medio minuto, me arrancó el libro de golpe y lo tiró al otro lado de la habitación. Y dijo:

      –Es verdad. Sí que sabes. Tenía mis dudas cuando me lo dijiste. Pues mira, déjate de ínfulas. No te lo voy a aguantar. Voy a estar muy atento, listillo, y si te pesco por esa escuela, te doy una paliza. Si sigues así, también te va a dar religiosa. Nunca he visto un chico igual.

      Agarró un cromo azul y amarillo con unas vacas y un chico, y dijo:

      –¿Qué es esto?

      –Me lo han dado por saberme bien la lección. Lo rompió y me dijo:

      –Yo te voy a dar algo mejor: te voy a dar una buena tunda.

      Se quedó sentado murmurando y gruñendo un rato y luego dijo:

      –Pero estás hecho todo un dandi, ¿no? Cama y sábanas, espejo y tu alfombra en el suelo, mientras que tu propio padre tiene que dormir con los cerdos en las tenerías. Nunca he visto un chico así. Seguro que tendrás menos ínfulas cuando acabe contigo. Pero si es que no paras de darte aires... Me han dicho que eres rico. ¿Eh?... ¿Cómo ha sido eso?

      –Es mentira... así ha sido eso.

      –Mira, ten cuidado cómo me hablas. Ya te estoy tolerando demasiado, así que no te pongas insolente. Llevo dos días en el pueblo y lo único que me han dicho todos es que eres rico. Y también lo he oído decir por el río. Por eso he venido. Mañana me traes ese dinero: lo quiero yo.

      –No tengo dinero.

      –Mentira. Lo tiene el juez Thatcher. Sí que lo tienes. Y yo lo quiero.

      –No tengo nada de dinero. Te lo estoy diciendo. Pregúntaselo al juez Thatcher y te dirá lo mismo.

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